Hace unos años escribía Federico Mayor Zaragoza algunas reflexiones sobre el papel actual y la responsabilidad del ciudadano. Una de las que más me llamó la atención, y que presenta bien el objeto de esta reflexión, expresaba que “los ciudadanos deben ser activos y nunca más resignados, sumisos, espectadores pero no actores, que contemplan pasivamente e incluso con indiferencia lo que sucede en nuestro entorno”.

En los Estados democráticos actuales la configuración jurídica de los derechos y libertades que tenemos los ciudadanos se definen en nuestras Constituciones. Es tanta la injusticia social, económica, cultural y medioambiental del mundo actual que debemos estar muy atentos y seguir expresando nuestra voz contra sus causas y sus responsables. Debemos pasar a ser sujetos activos de democracia, a exigir a los causantes de las injusticias el cese de actuaciones o de políticas que las provocan. Debemos asumir el protagonismo central del sistema democrático, debemos defender  los intereses generales frente a los que en los últimos años lo han atacado sin piedad vaciando muchos de los contenidos de nuestro Estado Social y Democrático de Derecho.

El sujeto principal de la democracia debemos ser la ciudadanía. Para este empeño, los ciudadanos no debemos callarnos. Por el contrario, debernos opinar y participar activamente en la vida pública. No debemos confiar, en la representación política-institucional, todos los mecanismos de decisión y actuación pública. No debemos resignarnos a participar electoralmente cada cuatro años y volver a olvidarnos de la gestión de lo público, del bien común. Es nuestra obligación.

Realmente, ante todo lo que está ocurriendo (pobreza estructural, violación de los derechos humanos, destrucción de los valores ambientales, crecientes desigualdades sociales o empobrecimiento educativo y sanitario) es tiempo de acción, no de silencio. Es tiempo de denuncia, no de resignación. Es tiempo de propuestas de cambio, no de mantener lo existente que tanta injusticia está provocando. El miedo a los poderosos no debe paralizarnos, no debemos caer en el desánimo. Defender lo nuestro, lo público, es una exigencia ética.

Todos tenemos la responsabilidad de construir democracias más avanzadas, con más profundidad en el ejercicio de derechos y en el cumplimiento de las obligaciones colectivas. En definitiva, tenemos la obligación de ser más comprometidos con la democracia, con las nuevas obligaciones colectivas como sin duda es la lucha contra los desequilibrios sociales, económicos, medioambientales y culturales que socavan directamente al sistema democrático y a la propia dignidad humana.

Empecemos en Córdoba a defender lo público, a ser protagonistas de la protección de los intereses generales de nuestro entorno. A partir de ahí, llegaremos a una nueva forma de entender el desarrollo económico, social, medioambiental y cultural en nuestra tierra. Es la hora de la ciudadanía y del bien común. También en Córdoba.

Ángel B. Gómez Puerto. Abogado y Mediador. Doctorado (DEA) en Derecho Constitucional (UCO).

Nota. La imagen que ilustra esta tribuna de opinión es obra de Carmen Pérez Cuello, alumna de Bachillerato de la Escuela de Arte Dionisio Ortiz (Córdoba).

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